Palabras. Desde pequeña siempre
me sentí fascinada por esa interminable combinación de símbolos que creaban mundos
nuevos. Me gustaba leer, escribir, dibujar letras de todas las maneras
posibles, aprender nuevas palabras, ver cuánto se podía crear con ellas, como
evolucionaban las palabras, como variaban cuando cambiabas de idioma ¡si hasta
los símbolos que tanto había estudiado de pequeña podían cambiar dependiendo
del idioma! En mi casa no entendían mi pasión por las letras, no es que no les
gustase leer o escribir o la lengua es que mi admiración por ese mundo llegaba
a la obsesión.
Por aquel entonces yo aún no leía
nada que no fuese ficción (a excepción de los libros del colegio) y cada vez
que sostenía un libro entre las manos podía sentir todo el mundo que me iba a
abrir, una nueva dimensión, un viaje a lo desconocido.
Sin embargo, una tarde después de
clase descubrí que los libros y las palabras no solo me mostraban todos los
mundos que pudiera imaginar la mente humana sino que podían mostrarme como era
la vida, el mundo en el que vivía. Esa tarde me leí mi primer libro de lo que
yo llamaría "de verdad".
En ese momento me pareció que no
era exactamente lo que quería decir y, sin embargo, años después he descubierto
que tal vez mi incompleta definición se acercara mejor que la clasificación en
no-ficción, hechos reales, novela histórica que fui aprendiendo con los años
porque ese libro era de verdad. Me
había abierto, no un mundo nuevo, sino el mundo real. Por él podía conocer como
se sentía la gente, qué ocurría, cómo era la realidad y sabía que no me estaba
mintiendo porque me contaba la verdad.
Ahora que esa información tan
valiosa estaba en mi poder, fui leyendo cada vez más novelas basadas en hechos
reales, biografías y autobiografías, novelas realistas que me volvían loca por
la fina línea que separaba la ficción de mi amada verdad. Necesitaba conocer
más, aprender, saber ,entender… Y entonces me puse a reflexionar (como yo decía
"filosofar") sobre la verdad y las palabras. En esas reflexiones
llegué a la conclusión de que las palabras eran poderosas, la gente poderosa es
aquella que tiene mucho y quien tiene palabras y además sabe cómo utilizarlas
puede alcanzar el poder.
Esta conclusión me preocupó más
de lo que habría imaginado, siempre había afirmado que las palabras podían ser
un arma más peligrosa que cualquier otra pero supongo que nunca lo había
asimilado completamente. Si las palabras otorgaban poder y con ellas podías hacer
que las verdades pareciesen falsas y las mentiras ciertas ¿cómo iba a poder
distinguir yo lo que era cierto y lo que no? ¿cómo lo iba a distinguir la
gente? Mi preocupación se centró entonces en el principal medio de información
que tenía sobre la realidad: el periódico.
En ese momento decidí que eso era
lo que había estado esperando. No quería ser profesora de lengua, ni escritora
quería ser periodista; quería cambiar la vida de la gente con palabras,
conseguir que mi opinión y mis ideas llegaran a los demás de la manera más sencilla
y eficaz que conocía, pero lo más importante: quería saber cuál era la opinión
de la gente y conseguir que nos uniéramos para alcanzar nuestras metas. Ya
sabía lo que quería estudiar, ahora solo me quedaba decírselo a mis padres y,
tal vez, explicarles que es filología. Y así es como terminé paseando por FCOM.
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